“Nuestra hija ha aprendido inglés ella sola viendo dibujos en la tablet”

Fivan Febrero 8, 2016 No hay comentarios
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Cuando los padres de María (nombre ficticio) escucharon el veredicto de un conocido pediatra valenciano se quedaron en blanco: “Esto es para toda la vida, os ha tocado, os tenéis que hacer a la idea”. La pequeña tenía sólo dos años y apenas hablaba, lloraba mucho y no se relacionaba. Le diagnosticaron TGD, Trastorno Generalizado del Desarrollo. Han pasado diez años y María, que recibe neuroestimulación eléctrica en FIVAN, ha progresado mucho. Tanto, que ha aprendido ella sola a hablar inglés viendo dibujos animados en esa lengua. Los números no se le dan tan bien: “Diez en inglés, cero pelotero en matemáticas”, confiesa su padre.

La protagonista de esta historia vive en un pueblo de Valencia y sus padres solicitan el anonimato antes de contarnos su historia: “La gente toca de oído, especula con lo que le pasa a nuestra hija, y preferimos no dar pistas”.

Tras la mala experiencia con el conocido pediatra, los padres de Mireia localizaron en Barcelona a la doctora Clavera, que dio con la tecla desde el principio. “Nos dijo que nuestra hija tenía el cerebro intoxicado por las vacunas que le habían puesto”, recuerda su madre. Los niveles de mercurio, aluminio y plomo eran muy altos, tal como confirmaron dos análisis diferentes hechos en Francia y en Estados Unidos.

No se quería relacionar

La niña no hablaba, no se relacionaba, su intención de comunicación era cero y le costó comenzar a andar. “Empezamos a ver cosas que nos parecían raras: se sentaba, cogía un objeto y lo ponía a dar vueltas, como si fuera una peonza. Un disco, una palangana… Hacía un movimiento complejo que nosotros no éramos capaces de reproducir. También corría de un lado a otro sin parar y sin motivo aparente o le entraba la risa floja sin que hubiera nada gracioso a su alrededor”, rememora su padre.

En FIVAN, María recibe sesiones de estimulación eléctrica, que activan las conexiones neuronales de su cerebro e incrementan su actividad. El doctor Chirivella le pautó veinte sesiones y va por la octava, pero ya desde la primera, tanto ella como sus padres notaron cambios.

El problema de María es genético. Tiene un gen, el MTHFR, que, según aseguran sus padres, le impide, al contrario que a la mayoría de los niños, limpiar los metales que contienen las vacunas y que se depositan en su cerebro. Sus padres también tienen el gen pero no han desarrollado TGD: para que eso ocurra hace falta que tus dos progenitores lo tengan. “Este gen también impide al feto sintetizar el ácido fólico que recetan a las embarazadas”, mantiene su madre. ”Debería de haber tomado folato o ácido folínico para conseguir el mismo efecto que con el ácido fólico, pero no me había hecho un análisis genético”.

Un problema muy extendido

Según afirman los padres de María, “el problema de intoxicación por vacunas en niños está muy extendido. Hay mucha gente, conocemos a muchos niños, hemos ido a conferencias, hemos escuchado auténticas barbaridades, y es un problema que va en aumento, cada vez hay más prevalencia en la población de este tipo de casos”, lamenta la madre de María. Su padre nos habla de casos concretos: “En nuestro pueblo hay siete u ocho, algunos de los niños son hermanos y tienen problemas similares al de mi hija. El hijo de un amigo mío, que tiene el gen, estaba completamente normal y con 18 meses, después de recibir una vacuna, tuvo un bajón impresionante: no sabía qué hacer con la comida, dejó de andar. Se vio muy claramente la relación causa-efecto”. Y nos refiere otro caso: “En una conferencia conocí a un hombre cuya hija está en silla de ruedas a consecuencia de una vacuna”. Ninguno de los dos tiene dudas: “Las vacunas son veneno para nuestra hija”.

Pero María no sólo tenía problemas en el cerebro; también en el aparato digestivo, que la doctora Clavera también achacaba a las vacunas. Tenía el intestino destrozado. Hasta tenía cándidas, un hongo en forma de hilos blancos que va agujereando las paredes intestinales: eso era lo que le provocaba las risitas y las carreritas”, asegura su madre.

Estimulación eléctrica en FIVAN.

María recibe estimulación neuroeléctrica en FIVAN, una terapia que le ayuda a activar las conexiones del cerebro y que sirve para combatir los efectos de su TGD.

María mejoró mucho desde que empezó a ir semanalmente a la consulta de la doctora Clavera, en Barcelona. Sus padres la estuvieron llevando una vez al mes entre los cuatro y los ocho años. “Le cambió la dieta para evitar la ingesta de metales y otras substancias como el gluten, le limitó el consumo de azúcares y proteínas, le recetó ácidos omega y folínicos y le pautó suplementos de vitaminas y minerales. También come carne y verdura ecológicas. Y evidentemente, ya no la vacunamos”, explica su padre. Este tratamiento, combinado con el trabajo de logopedas, dio frutos: “Cuando María cumplió ocho años, la doctora nos dijo que ya no era necesario seguir con el tratamiento”. La niña hablaba perfectamente y estaba mucho más centrada. Pegó un estirón y se salió del percentil físico.

La neuroestimulación hizo aflorar sus sentimientos

En FIVAN, María recibe sesiones de neuroestimulación, que activan las conexiones neuronales de su cerebro e incrementan su actividad. El doctor Chirivella le pautó veinte sesiones y va por la octava, pero ya desde la primera, sus padres notaron cambios. “Le sacó cosas de la cabeza. Fue al colegio y empezó a hablar de sentimientos, algo que nunca había hecho. Se desahogó. Pidió hablar con la psicóloga y le dijo que nosotros la queríamos cambiar, que queríamos que fuera guapa”, comenta su madre entre risas. Pero la entiende: “Cuando entra al cole tiene mucha presión. En el patio no se quiere relacionar y quiere estar tranquila. Pero yo siempre le digo que se relacione con sus compañeros”.

Empezamos a ver cosas que nos parecían raras: se sentaba, cogía un objeto y lo ponía a dar vueltas, como si fuera una peonza. Un disco, una palangana… Hacía un movimiento complejo que nosotros no éramos capaces de reproducir.

Cuando acaben las veinte sesiones de neuroestimulación es probable que María también haga uso de la cámara hiperbárica de FIVAN. Un tratamiento al que ya se ha sometido la niña con excelentes resultados. “Nos dijeron que una cámara hiperbárica podía rebajar el estrés oxidativo de nuestra hija. Nos fuimos un mes a México porque en España no encontramos ninguna, y María completó a una sesión diaria. Los resultados fueron espectaculares: su estrés oxidativo era de 2.183 antes de empezar y estaba por debajo de 100 a la vuelta. Hasta el laboratorio que hacía los análisis nos preguntó cómo lo habíamos conseguido”.

Ha aprendido inglés ella sola

No todas las consecuencias del TGD son negativas. Los padres de María aún se sorprenden al contar cómo su hija ha aprendido inglés por su cuenta, viendo series de dibujos en versión original. “Su profesora está encantada. Dice que tiene acento americano, ya que las series que ve son estadounidenses. Algunas veces le ha pedido que salga a la pizarra para comentar cuentos infantiles para sus compañeros, y a ella le entusiasma. Siempre saca diez en inglés”, se ufana su padre. Aunque reconoce que en matemáticas saca “cero pelotero” y que en algunas asignaturas necesita adaptación curricular. Y odia el valenciano, algo curioso, ya que es la lengua que hablan sus padres. “No soporta que le hablemos en valenciano, no le gusta nada hablarlo”, asegura su madre.

¿Y para el futuro? Su madre seguirá peleando por mejorar aún más la salud mental de María: “Quiero conseguir que socialice más. En el cole le cuesta, pero si vamos al cine con alguna amiga se anima a hablar. Le gusta mucho el cine, el teatro, los cuentos. ¡Y le encanta escribir historias en inglés! Tiene mucha comprensión lectora. De cómo me dijeron que iba a ser a lo que es hay mucha diferencia. Nos dijeron que nunca llegaría a hacer un examen, y saca dieces en inglés, naturales y sociales”. Quizá por eso, sus padres creen que la niña aún está lejos de sus límites.

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