El cerebro de Einstein fue robado y pasó décadas en un tarro de cristal

Fivan Octubre 8, 2015 No hay comentarios
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Coincidiendo con el 60 aniversario de la muerte de Einstein ha llegado hasta nosotros una vieja historia que no por ello deja de tener interés ni autenticidad, y hemos decidido hacernos eco de ella en el blog de FIVAN por su singularidad. Resulta que el cerebro de Einstein no fue incinerado, como el resto de su cuerpo, en 1955. Antes de la cremación, un patólogo llamado Thomas Harvey, quien tuvo acceso al cuerpo, decidió extraerlo para estudiarlo e intentar desentrañar las causas fisiológicas—si realmente las había—que explicaran el increíble intelecto de uno de los hombres más inteligentes de la Historia.

Harvey decidió, por cuenta propia, sin avisar a nadie y sin permiso de la familia, quedarse con el órgano más valioso del científico. El hecho trascendió y Harvey consiguió permiso del hijo de Einstein, Hans Albert, para llevar a cabo estudios, con el compromiso de que los resultados fuesen publicados en revistas científicas reputadas. Se vieron truncados así los deseos del genio, quien pidió ser incinerado y que sus cenizas fueran enterradas en secreto para evitar que los idólatras tuvieran un sitio donde ir a recordarle.

Esta arriesgada acción no gustó sin embargo al director del Hospital de Princeton (USA) donde se llevó a cabo la autopsia, que despidió al osado Harvey. Éste, obsesionado por el estudio del cerebro que tenía en su poder y limitado por su formación médica —no tenía capacidad para desarrollar estudios neurológicos— decidió cortar láminas del órgano y enviarlas a diferentes especialistas que sí estaban habilitados para su estudio. Pocos de ellos le hicieron caso.

Harvey inició un periplo que le llevó a vivir en Philadelphia, Kansas y Missouri. Siempre viajó acompañado por el cerebro de Einstein. Después de treinta años de espera, en 1985 Harvey fue contactado por una neurocientífica de la Universidad de California (UCLA), Marian Diamond, que estudiaba la plasticidad del cerebro y los cambios en su estructura desencadenados por factores ambientales. Aunque al principio se mostró reacio, finalmente Harvey envió muestras a Diamond. Tras su estudio y el correspondiente artículo, Diamond concluyó que el cerebro de Einstein tenía más células gliales —que cumplen una función de apoyo a las neuronas— que la media.

Portada libro Paterniti

Portada del libro que narra el periplo de Harvey y el periodista Paterniti sobre el viaje que narra el intento de devolución del cerebro de Einstein.

Investigaciones posteriores desencadenadas por el artículo de Diamond y publicadas en la revista Brain, como la del neurólogo Frederick Lepore y la antropóloga Dean Falk, en 2012, hablan de “un cerebro excepcional”, pero no por su tamaño, más bien normal, sino por por su anatomía: “La mayoría de las personas tenemos tres giros prefrontales, mientras que Einstein tenía cuatro al contar con uno extra en su lóbulo frontal medio, y todos sus lóbulos son distintos a la anatomía normal”.

Otra científica, la canadiense Sandra Witelson, dijo en 1999 que Einstein fue un “genio parietal”, ya que el lóbulo parietal de Einstein era más ancho de lo normal. Hablamos de la parte del cerebro encargada del conocimiento espacial y el pensamiento matemático. Fotografías tomadas por Harvey desvelaron que también eran más grandes de lo normal los lóbulos temporales, occipitales y el frontal.

 

A pesar de estas diferencias, los científicos no se atreven a trazar una relación entre un cerebro tan especial y la teoría de la relatividad, y se preguntan si este fue así por una cuestión meramente biológica o se desarrolló después de décadas de razonamientos sobre las cuestiones más complejas de la ciencia.

Hay otras dos limitaciones que tampoco ayudan a dar más alcance a este estudio: la falta de cerebros de otros genios para poder compararlos y la imposibilidad de estudiar los impulsos cerebrales de un órgano inerte, que solo puede ser estudiado al microscopio y a través de fotografías.

Son los resultados del periplo vital de Thomas Harvey, a quien hoy se conoce mejor gracias al periodista Michael Paternini, autor de Paseando con Mr. Albert: un viaje a través de EE.UU. con el cerebro de Einstein. En el libro, Paternini relata el viaje que hizo en compañía de Harvey en 1997, a través de Estados Unidos: 6.700 kilómetros entre New Jersey y California, en busca de la nieta de Einstein y con lo que quedaba del cerebro de su abuelo en el maletero para devolverlo a la familia.

La encontraron. Pero como era de esperar, la mujer rechazó el estrambótico regalo, que finalmente fue devuelto al departamento de Patología de la Universidad de Princeton, de donde había salido cuarenta años antes en extrañas circunstancias.

 

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